Hubo un tiempo en el que la víspera de una boda era una jornada tranquila, con poca actividad programada para poder descansar y tomarse las cosas con calma.
Ultimar los preparativos, recoger el traje de la tintorería, hacerse la manicura y, sobre todo, intentar dormir bien para llegar al gran día con la mejor cara posible.
Sin embargo, las costumbres han cambiado. Desde hace unos años, las prebodas han irrumpido en el calendario nupcial y han convertido el día anterior en otra celebración más con todo lo que ello implica: tener un segundo estilismo, adelantar tratamientos de belleza, preparar la maleta con más “por si acasos” y cruzar los dedos para que la fiesta no se alargue demasiado.
La pregunta es inevitable: ¿en qué momento hemos normalizado las prebodas y todo lo que suponen tanto para los novios como para los invitados?
¿Qué entendemos por preboda?
Una preboda es una celebración que tiene lugar, normalmente, el día antes de la ceremonia principal y que permite a los novios reunirse con sus familiares y amigos en un ambiente más informal y distendido.
Puede adoptar la forma de una cena, un cóctel, una fiesta al aire libre o una reunión en la que la música y las copas sirvan para empezar a calentar motores.
La fiesta preboda busca prolongar la experiencia nupcial, facilitar que los invitados se conozcan antes y aprovechar el tiempo con quienes, en ocasiones, han viajado desde muy lejos para asistir a la boda.
Sobre el papel, el plan resulta atractivo. La cuestión es si necesitamos convertirlo en una cita casi imprescindible.
¿Cuándo comenzaron a popularizarse?
No existe una fecha concreta que marque el nacimiento de las prebodas tal y como las conocemos hoy. Sin embargo, sí cuentan con un precedente en la tradición estadounidense de la rehearsal dinner, una cena celebrada habitualmente antes de la boda que reúne a familiares y personas cercanas a la pareja.
Con el tiempo, estas reuniones han evolucionado hacia formatos más amplios, como las fiestas de bienvenida para los invitados. En Estados Unidos, la plataforma nupcial Zola ya señalaba en sus informes de tendencias de 2014 el regreso de las welcome parties. En España, los medios especializados también llevan años recogiendo el auge de las celebraciones que amplían la boda a varios días.
Las redes sociales y la búsqueda de experiencias personalizadas, unido al deseo de aprovechar al máximo los reencuentros han contribuido a dar visibilidad a esta tendencia. La boda ya no tiene por qué limitarse a una ceremonia y un banquete en un solo día: puede convertirse en todo un fin de semana de celebraciones.
¿Qué implican las prebodas para novios e invitados?
Para los novios, una preboda supone organizar otro evento, con su correspondiente presupuesto, planificación y decisiones sobre el espacio, la comida, la música o la vestimenta. Aunque no todas requieren una gran inversión, los gastos adicionales pueden acumularse, por eso es algo que conviene tener claro desde el principio.
Los invitados también tienen que hacer números. Alojamiento, desplazamientos, una noche más fuera de casa y, en ocasiones, otro conjunto siguiendo el dresscode para la ocasión. Si la boda exige viajar, participar en dos celebraciones puede significar dedicarle más tiempo y dinero del inicialmente previsto.
Y queda un detalle nada insignificante: el descanso. Una noche de fiesta puede pasar factura al día siguiente, especialmente si la ceremonia empieza temprano. ¿De verdad merece la pena llegar al altar con unas cuantas horas de sueño pendientes?
Por supuesto, también hay ventajas. Las prebodas permiten conversar con más tranquilidad, reunir a personas que viven lejos y disfrutar de momentos que el ritmo de la boda apenas deja saborear. El problema no es celebrarlas, sino asumir que forman parte obligatoria del paquete nupcial.
¿Celebrarías un enlace con preboda?
Las prebodas pueden ser una magnífica idea cuando responden a los deseos y las circunstancias de los novios. También pueden convertirse en una fuente de estrés si se organizan por presión social o por miedo a que una única jornada parezca insuficiente.
Quizá la clave esté en recuperar una idea sencilla: una boda no necesita acumular eventos para ser inolvidable. Si la preboda encaja con la pareja, bienvenida sea. Si prefieren reservar energías para el día del enlace, tampoco tienen que dar explicaciones.
Porque celebrar el amor durante dos días puede ser maravilloso, pero disfrutar de uno solo, sin prisas y con los ojos bien abiertos, también tiene su encanto.

